jueves, 6 de octubre de 2016

El chile. Una historia de terror.

Posted By: Mayra Arteaga - 14:57

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Esto de ser provinciano a veces hace que haya retrasos en los servicios o en las novedades internacionales que llegan a otras partes del país. En mi caso, recuerdo perfectamente cómo veía en las caricaturas que los personajes comían comida china y no podía imaginarme qué era lo que saboreaban directamente de las cajitas de cartón alargadas que aparecían de repente, y cuando le decía a mi mamá que quería comer “comida china” me miraba como si fuera yo un marcianito.
-Aquí en la ciudad no la venden. Y además nunca la has probado, ¿qué tal que no te gusta?
Aprovecho para hacer una anotación aquí; a mí siempre me criticaron por no querer comerme cosas que no se veían agradables en lo absoluto (siempre he sido selectiva con lo que me llevo a la boca, y mi estómago luego de pasados los 25 se volvió medio mamón) y su argumento siempre era “¡pero si no lo has probado! ¿cómo puedes decir que no te gusta?”. Bajo la lógica del comentario de mi madre acerca de la comida china, no sé qué estaba esperando que pasara con las cosas que a ella sí le gustan y a mí no… pero ése es un cuento para otra ocasión.

Años después, no recuerdo ni siquiera el motivo, ni la fecha, ni la razón, pero fuimos a Irapuato. Entre una y otra cosa, nos encontró la noche y tuvimos que buscar qué comer. No tendría demasiado tiempo que había pedido que me llevaran a comer comida china, y para mi regocijo (me imagino que Irapuato era una ciudad más grande en ese entonces) encontramos un local donde había comida china de buffet.

A mi paladar le fascinó. Toda la gama de nuevos sabores era increíblemente distinta a la comida mexicana y me hallaba saboreando un enorme plato de arroz frito cuando mi papá se terminó el suyo e inocentemente metió su cuchara en mi porción y la removió para sacar una buena cantidad y ponerla de vuelta a su plato. El problema empezó desde antes, cuando se sirvió del polvo de chile con aceite que regularmente dan en los negocios de esa clase para que te sirvas, y su cuchara era de plástico. El plástico no solo guarda sabores, los transfiere.

Después de eso no recuerdo mucho. Mi cabeza ardía, de verdad la sensación era de calor en toda la zona de mi cráneo, como si me acabaran de golpear en la cara con un balón (cosa en la que también soy experta) y recuerdo que lo único que atinaba a hacer era a gritar de dolor y a llorar de angustia con la boca hecha una desgracia y que mi familia entera estaba vuelta loca sin saber qué darme para quitarme lo enchilada. Recuerdo muy vagamente que hasta los chinos del local estaban dando sugerencias de qué darme y alguien corrió a darme un bolillo para que me lo comiera.

Tenía 6 añitos.

Mi vida desde entonces, siendo éste un país de adictos al chile, ha sido un constante campo minado. Cosas completamente cotidianas para la mayoría, para mí representan constante angustia, como probar un restaurante nuevo o comer en casa de alguien más, o recibir sorpresitas que en otra circunstancia me hubiesen conmovido y en lugar de eso termino sintiéndome como un asco de persona, como la vez que una amiga que recién me conocía llegó con un elote preparado con todo y chile. Le rompí el corazón porque en verdad, desde entonces, NO PUEDO COMER CHILE. No puedo. Me imposibilita disfrutar de una comida el simple rastro de sabor de algo picoso. Para lo que a la mayoría de la gente es un ardor agradable (la verdad no sé qué es lo que sientan, personalmente creo que todos ustedes están locos) para mí es una agonía inmensa y sufrimiento prolongado hasta que encuentro algo que le de alivio a mis papilas gustativas.

Aquí podemos ver muchas variedades de chile, todos pican, a todos los detesto.
He de decir que México es uno de los primeros lugares mundiales en consumo de chile. Enchiladas, chilaquiles, chiles rellenos, tacos con salsa, guisos en chile, hasta lo que no debería de llevar chile lleva chile.

-¿Y cómo le haces para comer enchiladas? – me preguntó cierta vez un alma de Dios. ¿Neta es tan difícil de entender que todo eso que lleve “chile” o “chilada” en el nombre está 100% excluido de mi dieta? Como tacos dorados sin salsa, mi mamá tiene que hacer pozole sin chile para que me lo coma, como papas en la calle y las pido sin salsa, y por supuesto que como elotes sin chile, porque el chile “del que no pica” SÍ PICA, ESTÁN MINTIENDO. Hay gente sin temor a las Cortes Celestiales que incluso muele chile chipotle en los frijoles refritos que te sirven en los restaurantes para acompañar tu platillo. Por supuesto me enchilo, me enojo, quiero matar a alguien, pido tres vasos de agua, y lo dejo en el plato.



Si alguien allá afuera del medio restaurantero me está leyendo, lo que quiero conseguir con este texto es que realmente reflexionen; he conocido gente como yo, extraños alienados de la sociedad que vivimos bajo el puente del chicharrón en chile verde, esperando una oportunidad para ir a comer a un lugar seguro en el que puedas comerte todo sin llevarte sorpresas desagradables. En verdad, piensen en nosotros antes de “sazonar” las papas para puré “con tantito chile, para que sepan buenas, a fin que a todo mundo le gusta el chile”. NO SEÑOR, NO A TODO MUNDO LE GUSTA EL CHILE. De todo corazón se los pido, quisiera dejar de catalogar a los mexicanos como gente masoquista que mientras más sufre al comer, mejor, así, justamente como el sufrimiento que le causa la selección nacional y las telenovelas.

¿Hay algo de donde eres que no te guste y a todos los demás sí? ¡Compártelo en los comentarios!

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